Mostrando las entradas con la etiqueta Visto al pasar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Visto al pasar. Mostrar todas las entradas

Invasión

La tarde del domingo estaba por terminar, la bruma aumentaba los últimos rayos lechosos del cielo, la garúa limeña se preparaba para recibir las primeras luces de la noche. Ella dormía, rendida, en el asiento que da a la ventanilla. Desde una altura privilegiada la vi. Aún no sé por qué me llamó la atención su forma de dormir con la boca abierta. Me pareció que era una escena muy íntima para que fuese pública y seguí mirando, lo reconozco, sintiéndome de alguna manera impune. A pesar de la fuerte inquietud que sentía, tomé la cámara para registrar el momento. Ella se despertó un instante, brevísimo, algo más que un parpadeo, me miró y cayó rendida de nuevo en su sopor. Tardé, lo reconozco, demasiado en lograr sacar la cámara de su estuche y prenderla. El bus arrancó. Con el movimiento cambió la luz y ahí se descubrió la razón de mi zozobra: pude ver con claridad la cabeza del gorila que se reflejaba en el vidrio, amenazante, los ojos oscuros como pozos, evaluando la posibilidad de raptarla antes de que el bus se alejase.


La foto —bien sacada— hubiera sido magnífica, pero el movimiento, los nervios y mi notoria impericia capturaron una pobre toma movida. Desilusionado bajé la lente y miré hacia la siguiente fila del bus: ahí un capuchino también se prestaba para atacar. Me dije que estas oportunidades no se repiten: disparé tantas veces como pude hasta que el bus se alejó.
No tengo más pruebas que estas fotos desenfocadas y la nítida imagen en mi memoria: esa noche los monos se aprestaban para atacar y yo desperdicié la oportunidad de documentarlo. Me fui a dormir rumiando mi mala suerte.

Tarde bajo los atlantes

Los gritos eran atronadores. Se escuchaban como desde muy lejos, como si viniesen trasportados por el viento. Una bandada de niños gritando de pavor —pensé— o un grupo de fervorosos fans al borde del éxtasis. Era un domingo a la tarde. El celeste claro del cielo y el sol tibio me inclinaron a pensar que era más probable la segunda opción que la primera. Subí por el ascensor hasta la cúpula custodiada por los atlantes; los gritos se sintieron cada vez más fuertes. Rodeé la cúpula, observando los techos de lo que hacía un tiempo había sido la tierra del nopal. Hacia el Oeste estaban: cientos de ellos chillaban de alegría, de risa y de emoción, bajo una danza de chorros de agua. Pasaban así la tarde —una más—, sin que les importase quedar calados hasta los huesos. Miré la hora: no quedaría más de una hora de buena luz; no tendrían tiempo de que el sol los secase un poco. Ahí seguían, palpitando la adrenalina ante la inminencia del agua.    


Hice como que no me importaba, completé la vuelta a la cúpula, comprobé con desilusión que los atlantes estaban, extrañamente, más inaccesibles desde las alturas que desde la tierra. El clamor de abajo continuaba; me tomé algunas fotos que luego eliminé. Bajé con apuro cuando se me ocurrió pensar que quizás se dispersarían en poco tiempo más. Rodeé las columnas y llegué a las fuentes. Eran muchos más de los que había pensado, estaban más juntos de lo que parecía, no eran todos adolescentes. Los chorros subían sin aviso, la lluvia caía si control, el grito se producía al primer contacto de la piel con la frescura en señal de descarga.

Me acerqué, tomé 2 o 3 fotos y me alejé. El águila de piedra negra también —me dije— merecía mi admiración. Al rodear la manzana los volví a encontrar, ahora de lejos y con el sol de frente. Los gritos eran grandiosos y seguían inalterables. Me dio pena no ser ellos.