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Invasión

La tarde del domingo estaba por terminar, la bruma aumentaba los últimos rayos lechosos del cielo, la garúa limeña se preparaba para recibir las primeras luces de la noche. Ella dormía, rendida, en el asiento que da a la ventanilla. Desde una altura privilegiada la vi. Aún no sé por qué me llamó la atención su forma de dormir con la boca abierta. Me pareció que era una escena muy íntima para que fuese pública y seguí mirando, lo reconozco, sintiéndome de alguna manera impune. A pesar de la fuerte inquietud que sentía, tomé la cámara para registrar el momento. Ella se despertó un instante, brevísimo, algo más que un parpadeo, me miró y cayó rendida de nuevo en su sopor. Tardé, lo reconozco, demasiado en lograr sacar la cámara de su estuche y prenderla. El bus arrancó. Con el movimiento cambió la luz y ahí se descubrió la razón de mi zozobra: pude ver con claridad la cabeza del gorila que se reflejaba en el vidrio, amenazante, los ojos oscuros como pozos, evaluando la posibilidad de raptarla antes de que el bus se alejase.


La foto —bien sacada— hubiera sido magnífica, pero el movimiento, los nervios y mi notoria impericia capturaron una pobre toma movida. Desilusionado bajé la lente y miré hacia la siguiente fila del bus: ahí un capuchino también se prestaba para atacar. Me dije que estas oportunidades no se repiten: disparé tantas veces como pude hasta que el bus se alejó.
No tengo más pruebas que estas fotos desenfocadas y la nítida imagen en mi memoria: esa noche los monos se aprestaban para atacar y yo desperdicié la oportunidad de documentarlo. Me fui a dormir rumiando mi mala suerte.

El señor N

 Los colgamos con apuro: el Metrobús estaba por pasar y no queríamos perderlo. Al señor N no lo modificó nuestra prisa. Se detuvo, nos miró unos segundos, luego los miró detenidamente, después siguió su camino. Tomamos distancia para ver si los habíamos colgado bien, el señor N apareció por detrás.
—Disculpen: ¿puedo llevarme uno?— nos preguntó con falsa timidez.
Accedimos gustosos, claro. El señor N se alejó. 
Qué más prueba de que estaban bien allí que el pedido del señor N, pensamos. Satisfechos fuimos hasta la esquina para cruzar la calle. El señor N volvió a interceptarnos:

—Disculpen: ¿son cuentos?
Afirmamos con un poco de orgullo no disimulado.
—¿Podría llevarme otro?
—Por supuesto, los que quiera— respondimos. El señor N nos saludó y atinó a irse, pero enseguida se dio vuelta.
—Y la idea es que la gente se los lleve, ¿no?— No esperó respuesta y agregó: — Mi nombre es N, los felicito.
Quisimos hablar un poco más pero ya el señor N arrancaba otra hoja y se retiraba con energía. Divisamos la sombra roja del Metrobús. Por inercia o costumbre corrimos. Lo alcanzamos, subimos.
Cuando las puertas se cerraron y el bus retomó la marcha lo vimos de nuevo: el señor N volvía al paradero y estiraba la mano izquierda…

© Octavio Ras

Octavio Ras nació en Cabo San Julián en 1974. Es autor de los libros Los Mágisters (novela) y La caja negra (cuentos). Es colaborador de la revista Margen4. En 2008 recibió el premio Nuevos Narradores de la ciudad de México.

Buena fe

Ella estaba parada con los brazos cruzados. Esperaba.
Absorta en sus pensamientos, nada ni siquiera el niño que arrojaba papeles al aire era capaz de llamar su atención. Otros pasaban delante y detras de ella y subían a sus respectivos colectivos; otros se acercaban al poste llevados por la curiosidad. Ella se mantenía con la mirada al frente, inmutabe, como mirando un punto lejano.
No le interesa, pensamos. Como seguía firme e imperturbable dejamos de mirarla. Y pasó lo inesperado. Vino su colectivo de la sorpresa perdimos ese dato, pero debiera ser un 15 de ramal infrecuente, la madre y el niño que arrojaba papeles al aire subieron y ella se prestó a subir detrás de ellos. Entonces recién en ese momento, cuando faltaban segundos y centímetros para subir, con un movimiento rápido y certero, ella, arrancó una hoja del block que flameaba y subió, satisfecha con su adquisición. Su reacción fue tan rápida que no pudimos registrarla como hubiéramos debido. Estábamos, al fin de cuentas, ahí para eso, pero apelamos a la buena fe de quien nos lee para que nos crea: ella llevaba el pelo atado con un rodete fantaseamos con que fuera una bailarina, una mochila gris pequeña y zapatillas blancas. No pudimos verla más que de espaldas y, fugazmente, de perfil, pero ella, créannos, existió. Y se llevó Llanura para el viaje.