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El señor N
Los colgamos con apuro: el Metrobús estaba por pasar y no queríamos perderlo. Al señor N no lo modificó nuestra prisa. Se detuvo, nos miró unos segundos, luego los miró detenidamente, después siguió su camino. Tomamos distancia para ver si los habíamos colgado bien, el señor N apareció por detrás.
—Disculpen: ¿puedo llevarme uno?— nos preguntó con falsa timidez.
Accedimos gustosos, claro. El señor N se alejó.
Qué más prueba de que estaban bien allí que el pedido del señor N, pensamos. Satisfechos fuimos hasta la esquina para cruzar la calle. El señor N volvió a interceptarnos:
—Disculpen: ¿son cuentos?
Afirmamos con un poco de orgullo no disimulado.
—¿Podría llevarme otro?
—Por supuesto, los que quiera— respondimos. El señor N nos saludó y atinó a irse, pero enseguida se dio vuelta.
—Y la idea es que la gente se los lleve, ¿no?— No esperó respuesta y agregó: — Mi nombre es N, los felicito.
Quisimos hablar un poco más pero ya el señor N arrancaba otra hoja y se retiraba con energía. Divisamos la sombra roja del Metrobús. Por inercia o costumbre corrimos. Lo alcanzamos, subimos.
Cuando las puertas se cerraron y el bus retomó la marcha lo vimos de nuevo: el señor N volvía al paradero y estiraba la mano izquierda…
© Octavio Ras
© Octavio Ras
Tarde bajo los atlantes
Los gritos eran atronadores. Se escuchaban como desde muy lejos, como si viniesen trasportados por el viento. Una bandada de niños gritando de pavor —pensé— o un grupo de fervorosos fans al borde del éxtasis. Era un domingo a la tarde. El celeste claro del cielo y el sol tibio me inclinaron a pensar que era más probable la segunda opción que la primera. Subí por el ascensor hasta la cúpula custodiada por los atlantes; los gritos se sintieron cada vez más fuertes. Rodeé la cúpula, observando los techos de lo que hacía un tiempo había sido la tierra del nopal. Hacia el Oeste estaban: cientos de ellos chillaban de alegría, de risa y de emoción, bajo una danza de chorros de agua. Pasaban así la tarde —una más—, sin que les importase quedar calados hasta los huesos. Miré la hora: no quedaría más de una hora de buena luz; no tendrían tiempo de que el sol los secase un poco. Ahí seguían, palpitando la adrenalina ante la inminencia del agua.
Hice como que no me importaba, completé la vuelta a la cúpula, comprobé con desilusión que los atlantes estaban, extrañamente, más inaccesibles desde las alturas que desde la tierra. El clamor de abajo continuaba; me tomé algunas fotos que luego eliminé. Bajé con apuro cuando se me ocurrió pensar que quizás se dispersarían en poco tiempo más. Rodeé las columnas y llegué a las fuentes. Eran muchos más de los que había pensado, estaban más juntos de lo que parecía, no eran todos adolescentes. Los chorros subían sin aviso, la lluvia caía si control, el grito se producía al primer contacto de la piel con la frescura en señal de descarga.
Hice como que no me importaba, completé la vuelta a la cúpula, comprobé con desilusión que los atlantes estaban, extrañamente, más inaccesibles desde las alturas que desde la tierra. El clamor de abajo continuaba; me tomé algunas fotos que luego eliminé. Bajé con apuro cuando se me ocurrió pensar que quizás se dispersarían en poco tiempo más. Rodeé las columnas y llegué a las fuentes. Eran muchos más de los que había pensado, estaban más juntos de lo que parecía, no eran todos adolescentes. Los chorros subían sin aviso, la lluvia caía si control, el grito se producía al primer contacto de la piel con la frescura en señal de descarga.
Buena fe
Ella estaba parada con los brazos cruzados. Esperaba.
Absorta en sus pensamientos, nada —ni siquiera el niño que arrojaba papeles al aire— era capaz de llamar su atención. Otros pasaban delante y detras de ella y subían a sus respectivos colectivos; otros se acercaban al poste llevados por la curiosidad. Ella se mantenía con la mirada al frente, inmutabe, como mirando un punto lejano.
No le interesa, pensamos. Como seguía firme e imperturbable dejamos de mirarla. Y pasó lo inesperado. Vino su colectivo —de la sorpresa perdimos ese dato, pero debiera ser un 15 de ramal infrecuente—, la madre y el niño que arrojaba papeles al aire subieron y ella se prestó a subir detrás de ellos. Entonces recién en ese momento, cuando faltaban segundos y centímetros para subir, con un movimiento rápido y certero, ella, arrancó una hoja del block que flameaba y subió, satisfecha con su adquisición. Su reacción fue tan rápida que no pudimos registrarla como hubiéramos debido. Estábamos, al fin de cuentas, ahí para eso, pero apelamos a la buena fe de quien nos lee para que nos crea: ella llevaba el pelo atado con un rodete —fantaseamos con que fuera una bailarina—, una mochila gris pequeña y zapatillas blancas. No pudimos verla más que de espaldas y, fugazmente, de perfil, pero ella, créannos, existió. Y se llevó Llanura para el viaje.
No le interesa, pensamos. Como seguía firme e imperturbable dejamos de mirarla. Y pasó lo inesperado. Vino su colectivo —de la sorpresa perdimos ese dato, pero debiera ser un 15 de ramal infrecuente—, la madre y el niño que arrojaba papeles al aire subieron y ella se prestó a subir detrás de ellos. Entonces recién en ese momento, cuando faltaban segundos y centímetros para subir, con un movimiento rápido y certero, ella, arrancó una hoja del block que flameaba y subió, satisfecha con su adquisición. Su reacción fue tan rápida que no pudimos registrarla como hubiéramos debido. Estábamos, al fin de cuentas, ahí para eso, pero apelamos a la buena fe de quien nos lee para que nos crea: ella llevaba el pelo atado con un rodete —fantaseamos con que fuera una bailarina—, una mochila gris pequeña y zapatillas blancas. No pudimos verla más que de espaldas y, fugazmente, de perfil, pero ella, créannos, existió. Y se llevó Llanura para el viaje.
Las noticias
La señora mayor prendió su radio a válvulas para escuchar las noticias. Era su ritual de cada día, no podía vivir sin ella. Le servía de compañía, de consuelo, de esperanza.
Ese día las noticias sonaron un poco diferentes a las del resto de la semana. Se trataba de algo aterrador, insospechado, que llenó su mente de terror en cuestión de segundos: los extraterrestres estaban invadiendo la Tierra. Millones de ellos la acechaban, y era seguro que ganarían.
La señora en su casa no supo qué hacer. Quiso mirar hacia fuera pero el terror la heló. Intentó moverse pero no pudo. Un fuerte dolor se adueñó de su pecho. Al instante perdió toda sensación.
La señora nunca se enteró de la existencia de ese tal Orson Welles.
© Ignacio Javier Olguin
Ese día las noticias sonaron un poco diferentes a las del resto de la semana. Se trataba de algo aterrador, insospechado, que llenó su mente de terror en cuestión de segundos: los extraterrestres estaban invadiendo la Tierra. Millones de ellos la acechaban, y era seguro que ganarían.
La señora en su casa no supo qué hacer. Quiso mirar hacia fuera pero el terror la heló. Intentó moverse pero no pudo. Un fuerte dolor se adueñó de su pecho. Al instante perdió toda sensación.
La señora nunca se enteró de la existencia de ese tal Orson Welles.
© Ignacio Javier Olguin
Ignacio Javier Olguin nació en Buenos Aires en 1986. Es autor del libro La Soledad contiene tu nombre (Galmort, 2009) y de las obras de teatro Todo lo demás (Teatro Defensores de Bravard), Últimas cosas y 10´(Club de teatro Elefante). Actualmente se desempeña como guionista en un canal argentino de televisión.
http://www.cuadernodesol.blogspot.com/
http://www.alternativateatral.com/persona98518-ignacio-javier-olguin
De luces y sombras
La luz que dejaban pasar las hendijas entreabiertas de la persiana formaba extraños dibujos sobre la pared. Él, desde su cama, despertó de repente. Era su primera noche allí, estaba solo, y en general sus primeras noches de vacaciones se caracterizaban por el desvelo rápido, por estar atento a todo lo que sucediese, y esa noche no era la excepción. Esa luz que había aparecido de repente lo había despertado y el insomnio parecía ser un hecho. Pero esa luz pronto desapareció, y todo se volvió penumbras, y él intentó tranquilizarse nuevamente, cerrar los ojos, dormirse. Pero la luz otra vez entró por la persiana y él no hizo más que, con los ojos cerrados, pensar en una sola cosa: alguien había allí afuera, alguien que generaba una sombra al pasar frente a la luz. Se quedó quieto en la cama, respiró profundo, y abrió los ojos. La luz desapareció. Alguien estaba jugando con él. Se deslizó muy lentamente sobre la cama hacia el borde lejano a la ventana. Cuando la luz se volvió a mostrar, se quedó quieto, inmóvil. Sintió que lo observaban, y que iban a seguir jugando con él. Cuando la sombra regresó, rápidamente se bajó de la cama, tapando por completo su cuerpo con ella. Estaba agachado y, cada tanto, levantaba la vista para observar por la ventana. La luz volvió. Allí estaban nuevamente los dibujos sobre la pared. Les buscó formas reconocibles para calmar sus nervios. Lo único que encontró antes de que se volvieran a apagar fueron las líneas de separación entre un carril y otro en la ruta. Pero todo se oscureció. Y pegado lo más que pudo al piso, fue acercándose hacia la ventana. Inmediatamente debajo de ella sintió que era el mejor lugar para que no lo vieran y así poder sorprender al enemigo. La odisea de llegar hasta allí duró varias burlas de luces y sombras de su enemigo, que en tiempos exactos entre uno y otro parecía querer volverlo loco. Él pudo durante ese tiempo desconfiar del que le había alquilado esa pieza en planta baja. “Por algo era tan barata. Seguramente era un perverso que se dedicaba a enloquecer turistas engañándolos con ese bajo costo.” Finalmente el piso terminó y se convirtió en pared. La ventana con su persiana ya estaban encima suyo. La luz volvió a entrar y él se quedó quieto, sabía que debía esperar el momento de la oscuridad total para irrumpir con su acto. Pero la luz se apagó y no hizo nada. Prefirió prestar atención a los sonidos: ese alguien debía realizar pasos cuando cortaba la luz con su cuerpo. Agudizó sus oídos, pero nada, todo se volvió a iluminar. Miró hacia atrás, hacia la pared. Allí estaban las líneas de separación entre un carril y otro en la ruta. Pero se apagaron, y decidió terminar con el juego. Tomó aire, como ya alguna vez había hecho esa noche, esperó dos vueltas más de luces y sombras, y muy rápidamente se paró y abrió la persiana de un solo tirón.
Un año pasó de aquel episodio. Nuevamente otra primera noche de vacaciones caracterizada por el desvelo rápido, por estar atento a todo lo que pudiese ocurrir. Pero esta vez se había asegurado de que haya una cosa menos que le pudiese molestar. Esta vez buscó una habitación lejos, pero muy lejos de cualquier faro posible.
Un año pasó de aquel episodio. Nuevamente otra primera noche de vacaciones caracterizada por el desvelo rápido, por estar atento a todo lo que pudiese ocurrir. Pero esta vez se había asegurado de que haya una cosa menos que le pudiese molestar. Esta vez buscó una habitación lejos, pero muy lejos de cualquier faro posible.
© Ignacio Javier Olguin
Ignacio Javier Olguin nació en Buenos Aires en 1986. Es autor del libro La Soledad contiene tu nombre (Galmort, 2009) y de las obras de teatro Todo lo demás (Teatro Defensores de Bravard), Últimas cosas y 10´ (Club de teatro Elefante). Actualmente se desempeña como guionista en un canal argentino de televisión.
La expedición
A pesar de que el bosque se había vuelto cada vez más pegajoso, atravesábamos la espesura con obstinación. Al mediodía nuestras ropas de abrigo empezaron a picarnos. Los bultos en donde llevábamos el equipo de fotografía y filmación parecían pesar el triple y entorpecían la marcha. Ya cuando pensaba que toda la expedición había sido inútil, los descubrí a unos diez metros a mi izquierda, detrás de unos helechos gigantes.
Estaban sentados alrededor de unas brasas. Al notar nuestra presencia se quedaron inmóviles y se silenciaron. Fui el primero en acercarme con un bollo de carne y un durazno. Se los tendí a uno que, para poder agazapar las chispas de sus ojos, me miraba de perfil. Tomó el bollo y la fruta y empezó a comer la carne despacio. Me senté a su lado; con mi mano le rocé la cabeza. Los que venían conmigo me imitaron. Mientras los mirábamos comer, alguien dejó escapar una risita que casi fue un susurro. No podíamos creer que los teníamos ahí, al lado nuestro. Por fin los habíamos encontrado.
Sentí que el aire se transformaba y me di cuenta de que la comida se había terminado. Hubo un ruido de hojas secas y entonces muchos más de ellos nos rodearon. Uno emitió un grito que no comprendí, pero que parecía contener una mezcla de orden, arenga e intimidación.
Aunque hubiésemos reaccionado a tiempo, no hubiéramos podido escapar.
© Daniel Diez
Estaban sentados alrededor de unas brasas. Al notar nuestra presencia se quedaron inmóviles y se silenciaron. Fui el primero en acercarme con un bollo de carne y un durazno. Se los tendí a uno que, para poder agazapar las chispas de sus ojos, me miraba de perfil. Tomó el bollo y la fruta y empezó a comer la carne despacio. Me senté a su lado; con mi mano le rocé la cabeza. Los que venían conmigo me imitaron. Mientras los mirábamos comer, alguien dejó escapar una risita que casi fue un susurro. No podíamos creer que los teníamos ahí, al lado nuestro. Por fin los habíamos encontrado.
Sentí que el aire se transformaba y me di cuenta de que la comida se había terminado. Hubo un ruido de hojas secas y entonces muchos más de ellos nos rodearon. Uno emitió un grito que no comprendí, pero que parecía contener una mezcla de orden, arenga e intimidación.
Aunque hubiésemos reaccionado a tiempo, no hubiéramos podido escapar.
© Daniel Diez
No como ese zorro
Manejaba por la ruta al atardecer. No hay nada más aburrido, más lineal que esa ruta y pese a mis esfuerzos me estaba adormilando. De repente vi un zorro cruzar el pavimento, a escasos metros más adelante. Era un zorro pero se movió como una sombra, como un brillo en un espejo. Cruzó al ras del cemento y se ocultó en unos arbustos espinosos. Me hubiera gustado poder ir a menor velocidad para detenerme, pero los arbustos quedaron atrás en un segundo y atrás quedó, también, la posibilidad de volver a verlo. Desde ese día lo recuerdo con melancolía.
En una reunión posterior unos amigos me han asegurado que en algunos bosques del sur es posible ver zorros y hasta tocarlos si se acampa en ciertas zonas, en donde se han acostumbrado a recibir comida de los visitantes. No porfío, pero no serán como el que yo vi. No como ése, más rápido que el rodar de la piedra sobre la piedra.
He asociado a esa ruta con el zorro para siempre, acaso porque existe algún parecido en la forma en la que el zorro corría y se ocultaba con mi huida.
En ese atardecer me escapaba de ella, sin rastros y sin indicios, para no tener que ver más, ya no más, su inconsciente y dolorosa indiferencia.
En una reunión posterior unos amigos me han asegurado que en algunos bosques del sur es posible ver zorros y hasta tocarlos si se acampa en ciertas zonas, en donde se han acostumbrado a recibir comida de los visitantes. No porfío, pero no serán como el que yo vi. No como ése, más rápido que el rodar de la piedra sobre la piedra.
He asociado a esa ruta con el zorro para siempre, acaso porque existe algún parecido en la forma en la que el zorro corría y se ocultaba con mi huida.
En ese atardecer me escapaba de ella, sin rastros y sin indicios, para no tener que ver más, ya no más, su inconsciente y dolorosa indiferencia.
© Kwong Wan-park, traducción de Agustina Clausen
경상남도 수목원 (경상남도 진주시 )
경상남도수목원은 서부경남의 중심권인 이반성면 대천리 일원의 56ha에 전문수목원, 화목원,열대식물원, 무궁화공원 등 우리나라 온대 남부지역 수목위주로 국내·외 식물 1,700여종, 10만여본을 수집 식재하고 있다. 주5일제 근무의 실. 산귀래별서는 수도권 식수 보호를 위해 최후의 청정지역으로 남아 있게 될 수려한 고장 양평군의 양수리 근교에 위치한 특성을 살려 언제 어느 때 달려와도 그 시기에 피어나는 자연과 어우러진 들꽃을 보고 싱그러운 공기를 호흡할 수 있는 쾌. 아름다움과 사람의 창조력에서부터 시작되는 문화의 발단이 가져다 주는 아름다움은 한 형태의 근본된 곳에서 시작한다는 사실에 근거, 같은 뿌리에 속해있지 않나 생각하게 되었고 자연과 문화의 접목은 찾는 이들에게 보고 느끼는 즐거움과 동시에 배움의 기쁨을 전달하리라 믿고 있는 운영자처럼 벽초지.
자연은 사람의 손길로부터 멀리 있을수록 자연스러움과 아름다움이 유지될 수 있다고 한다. 하지만 우리가 접할 수 그것의푸를 碧, 풀 草, 못 池 - 꽃 나무 땅 그리고 물과 함께 어울어진 터 벽초지 문화수목원은 1965년부터 부지확보를 시작하여 각종 희귀, 멸종위기식물, 자생식물, 100여종이 넘는 수생식물 및 외래종을 지형에 맞게 식재하여 현 수목.
10만여본을 수집 식재하고 있다. 주5일제 근무의 실. 산귀래별서는 수도권 식수 보호를 위해 최후의 청정지역으로 남아 있게 될 수려한 고장 양평군의 양수리 근교에 위치한 특성을 살려 언제 어느 때 달려와도 그 시기에 피어나는 자연과 어우러진 들꽃을 보고 싱그러운 공기를 호흡할 수 있는 쾌.
자연은 사람의 손길로부터 멀리 있을수록 자연스러움과 아름다움이 유지될 수 있다고 한다. 하지만 우리가 접할 수 없는 자연이라면 그 자체가 무슨 의미가 있겠느냐는 생각하에 '그림이.
자연은 사람의 손길로부터 멀리 있을수록 자연스러움과 아름다움이 유지될 수 있다고 한다. 하지만 우리가 접할 수 그것의푸를 碧, 풀 草, 못 池 - 꽃 나무 땅 그리고 물과 함께 어울어진 터 벽초지 문화수목원은 1965년부터 부지확보를 시작하여 각종 희귀, 멸종위기식물, 자생식물, 100여종이 넘는 수생식물 및 외래종을 지형에 맞게 식재하여 현 수목.
10만여본을 수집 식재하고 있다. 주5일제 근무의 실. 산귀래별서는 수도권 식수 보호를 위해 최후의 청정지역으로 남아 있게 될 수려한 고장 양평군의 양수리 근교에 위치한 특성을 살려 언제 어느 때 달려와도 그 시기에 피어나는 자연과 어우러진 들꽃을 보고 싱그러운 공기를 호흡할 수 있는 쾌.
자연은 사람의 손길로부터 멀리 있을수록 자연스러움과 아름다움이 유지될 수 있다고 한다. 하지만 우리가 접할 수 없는 자연이라면 그 자체가 무슨 의미가 있겠느냐는 생각하에 '그림이.
© Kwong Wan-park (Gyeongju, 1970, Corea del Sur)
Cuestión de tiempo
Ayer a la tarde, por fin, recibí la dirección y las señas de Enrique Drösler. El resto de las instrucciones me habían sido dadas con anterioridad y ya había tenido tiempo para prepararme.
Llegué a Cabello 3790 a las siete de la tarde. Subí las escaleras hasta el piso tercero, fui a la oficina B. La puerta cedió con facilidad. Drösler estaba sentado detrás de un escritorio. Alzó la vista sin entender hasta que vio que lo apuntaba con mi arma. Le ordené que me entregase los documentos. Drösler subió las manos y bajó la cabeza. Con lentitud se puso de pie, fue hasta un mueble negro, sacó unos papeles. No hizo falta que los revisase con detenimiento: se puede simular el temblor de una mano pero no la pavura detrás de la mirada. Su miedo era real.
Con el brazo libre lo empujé hacia la pared. Guardé el revolver: jamás lo uso para otra cosa que no sea persuadir. Saqué el cuchillo, dirigí el puntazo certero al pecho, Drösler cayó al suelo con un gruñido. Los que subestiman esta técnica calificándola de imprecisa o antigua es porque no pueden reconocer su falta de aptitud. No conozco otra manera más rápida, limpia e inexorable de matar. De afuera vino un ruido como a petardos. Oculté los papeles en el maletín y recorrí el camino hasta la calle.
El diario de hoy informa que ayer pasadas las 19 horas, a dos cuadras de donde estuve, un choque brutal entre un colectivo y un auto terminó con la muerte del conductor del auto y con la de un anciano que caminaba por la vereda. Recordé que yo también había cruzado por ese lugar rumbo a mi objetivo, algunos minutos antes.
Me pregunté qué hubiera pasado si el choque me hubiese alcanzado a mí y no al anciano. ¿Se hubiera levantado hoy Drösler como todos los días, quizás con la cara hinchada de sueño, desilusionándose un poco al ver el cielo gris cargado de lluvia?
Llegué a Cabello 3790 a las siete de la tarde. Subí las escaleras hasta el piso tercero, fui a la oficina B. La puerta cedió con facilidad. Drösler estaba sentado detrás de un escritorio. Alzó la vista sin entender hasta que vio que lo apuntaba con mi arma. Le ordené que me entregase los documentos. Drösler subió las manos y bajó la cabeza. Con lentitud se puso de pie, fue hasta un mueble negro, sacó unos papeles. No hizo falta que los revisase con detenimiento: se puede simular el temblor de una mano pero no la pavura detrás de la mirada. Su miedo era real.
Con el brazo libre lo empujé hacia la pared. Guardé el revolver: jamás lo uso para otra cosa que no sea persuadir. Saqué el cuchillo, dirigí el puntazo certero al pecho, Drösler cayó al suelo con un gruñido. Los que subestiman esta técnica calificándola de imprecisa o antigua es porque no pueden reconocer su falta de aptitud. No conozco otra manera más rápida, limpia e inexorable de matar. De afuera vino un ruido como a petardos. Oculté los papeles en el maletín y recorrí el camino hasta la calle.
El diario de hoy informa que ayer pasadas las 19 horas, a dos cuadras de donde estuve, un choque brutal entre un colectivo y un auto terminó con la muerte del conductor del auto y con la de un anciano que caminaba por la vereda. Recordé que yo también había cruzado por ese lugar rumbo a mi objetivo, algunos minutos antes.
Me pregunté qué hubiera pasado si el choque me hubiese alcanzado a mí y no al anciano. ¿Se hubiera levantado hoy Drösler como todos los días, quizás con la cara hinchada de sueño, desilusionándose un poco al ver el cielo gris cargado de lluvia?
© Octavio Ras
Octavio Ras nació en Cabo San Julián en 1974. Es autor de los libros Los Mágisters (novela) y La caja negra (cuentos). Es colaborador de la revista Margen4. En 2008 recibió el premio Nuevos Narradores de la ciudad de México.
La inmensidad
Devastado el reino por sus enemigos, el rey estuvo obligado a reducir los caprichos de la corte y a anular todo exceso. Muy a su pesar tuvo que desmantelar la Sala de las Maravillas, aunque ese ala del castillo era el único lugar que de verdad apreciaba.
Así fue como entre tapices monumentales y candelabros de obsidiana, entre pesados broches de oro y delicadas cerámicas traídas de oriente, se remataron un reloj de humo, la pluma de veinticinco colores de un ave desconocida, una efigie cuya mirada se encendía de noche, el manuscrito de una obra de teatro que contagiaba de fiebre a los actores que la interpretaban, una colección de mariposas móviles.
Un solo objeto del catálogo, nombrado con el ambiguo nombre de La Inmensidad, no pudo ser encontrado. Esa desaparición hizo que muchos sospechasen del admirable estoicismo con el que el rey sobrellevaba el despojo.
Dicen que pudo salvar ese objeto de las deudas y la rapiña valiéndose del pueril truco de ocultarlo dentro de la palma de la mano. Sus contemporáneos le atribuyen a ese ardid la razón de la media sonrisa en su cara, que ya no pudo disimular, ni aún cuando moría.
Así fue como entre tapices monumentales y candelabros de obsidiana, entre pesados broches de oro y delicadas cerámicas traídas de oriente, se remataron un reloj de humo, la pluma de veinticinco colores de un ave desconocida, una efigie cuya mirada se encendía de noche, el manuscrito de una obra de teatro que contagiaba de fiebre a los actores que la interpretaban, una colección de mariposas móviles.
Un solo objeto del catálogo, nombrado con el ambiguo nombre de La Inmensidad, no pudo ser encontrado. Esa desaparición hizo que muchos sospechasen del admirable estoicismo con el que el rey sobrellevaba el despojo.
Dicen que pudo salvar ese objeto de las deudas y la rapiña valiéndose del pueril truco de ocultarlo dentro de la palma de la mano. Sus contemporáneos le atribuyen a ese ardid la razón de la media sonrisa en su cara, que ya no pudo disimular, ni aún cuando moría.
© Daniel Diez
El Buitre
Un buitre me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba al buitre.
—Estoy indefenso —le dije— vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
—¡Buena manera la suya de dejarse torturar así! —dijo el señor—. Un tiro y será el fin del buitre.
—¿Le parece? —pregunté— ¿quiere encargarse del asunto?
—Encantado —dijo el señor—; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil. ¿Puede usted esperar media hora más?
— No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí —: por favor, pruebe de todos modos.
—Muy bien— dijo el señor—, haré lo más rápido que pueda.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó el pico en mi boca profundamente. Al caer de espaldas sentí alivio al sentirlo ahogarse irremediablemente en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas.
© Franz Kafka
The Vulture
A vulture was hacking at my feet. It had already torn my boots and stockings to shreds, now it was hacking at the feet themselves. Again and again it struck at them, then circled several times restlessly round me, then returned to continue its work. A gentleman passed by, looked on for a while, then asked me why I suffered the vulture. "I'm helpless," I said. "When it came and began to attack me, I of course tried to drive it away, even to strangle it, but these animals are very strong, it was about to spring at my face, but I preferred to sacrifice my feet. Now they are almost torn to bits."
"Fancy letting yourself be tortured like this!" said the gentleman. "One shot and that's the end of the vulture." "Really?" I said. "And would you do that?" "With pleasure," said the gentleman, "I've only got to go home and get my gun. Could you wait another half hour?" "I'm not sure about that," said I, and stood for a moment rigid with pain. Then I said: "Do try it in any case, please." "Very well," said the gentleman, "I'll be as quick as I can."
During this conversation the vulture had been calmly listening, letting its eye rove between me and the gentleman. Now I realized that it had understood everything; it took wing, leaned far back to gain impetus, and then, like a javelin thrower, thrust its beak through my mouth, deep into me. Falling back, I was relieved to feel him drowning irretrievably in my blood, which was filling every depth, flooding every shore.
© by Franz Kafka, written between 1917 and 1923.
—Estoy indefenso —le dije— vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
—¡Buena manera la suya de dejarse torturar así! —dijo el señor—. Un tiro y será el fin del buitre.
—¿Le parece? —pregunté— ¿quiere encargarse del asunto?
—Encantado —dijo el señor—; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil. ¿Puede usted esperar media hora más?
— No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí —: por favor, pruebe de todos modos.
—Muy bien— dijo el señor—, haré lo más rápido que pueda.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó el pico en mi boca profundamente. Al caer de espaldas sentí alivio al sentirlo ahogarse irremediablemente en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas.
© Franz Kafka
The Vulture
A vulture was hacking at my feet. It had already torn my boots and stockings to shreds, now it was hacking at the feet themselves. Again and again it struck at them, then circled several times restlessly round me, then returned to continue its work. A gentleman passed by, looked on for a while, then asked me why I suffered the vulture. "I'm helpless," I said. "When it came and began to attack me, I of course tried to drive it away, even to strangle it, but these animals are very strong, it was about to spring at my face, but I preferred to sacrifice my feet. Now they are almost torn to bits."
"Fancy letting yourself be tortured like this!" said the gentleman. "One shot and that's the end of the vulture." "Really?" I said. "And would you do that?" "With pleasure," said the gentleman, "I've only got to go home and get my gun. Could you wait another half hour?" "I'm not sure about that," said I, and stood for a moment rigid with pain. Then I said: "Do try it in any case, please." "Very well," said the gentleman, "I'll be as quick as I can."
During this conversation the vulture had been calmly listening, letting its eye rove between me and the gentleman. Now I realized that it had understood everything; it took wing, leaned far back to gain impetus, and then, like a javelin thrower, thrust its beak through my mouth, deep into me. Falling back, I was relieved to feel him drowning irretrievably in my blood, which was filling every depth, flooding every shore.
© by Franz Kafka, written between 1917 and 1923.

